Microblog de Juan Carlos Barajas Martínez, este no es exactamente un blog de sociología, aquí te encontrarás con los retales de un vida inacabada (gracias a Dios), la infancia, la juventud y la madurez, además de un paseo crítico por el santoral de la Iglesia. También encontrarás referencias al blog.
Si buscas el blog está en http://sociologiadivertida.blogspot.com.es
Me encanta escribir, si lo hago bien o mal es
otra cuestión que a mí no me compete juzgar, es cosa tuya querido lector. Estoy
en tus manos, pero es buena señal que estés leyendo estas líneas. Me encanta
escribir, pero el folio en blanco, mejor dicho, la pantalla en blanco da miedo.
Como todo en esta vida va de superar miedos, si el escrito es personal el miedo
es a reflejar demasiado tu propia personalidad, a publicar tus vergüenzas y
puntos débiles o, al contrario, es el miedo a no interesar a nadie; si escribo
sobre sociología o informática - que es sobre lo que suelo escribir yo -, el miedo es a no ser suficientemente riguroso,
a equivocarme, a hacerme muy extenso o demasiado corto. Cuando me comprometí
conmigo mismo a escribir una serie de artículos sobre sociología del género
surgieron los mismos miedos pero con añadidos.
Siempre he intentado en todos mis escritos
seguir el mandamiento del gran sociólogo alemán Max Weber cuando preconizaba
una sociología libre de valores. Esto es siempre difícil para el científico
social pues está inmerso en la sociedad que estudia, es un observador que vive
dentro del objeto que observa.
Cuando analizo el comportamiento de las elites o
las estrategias de ciertos grupos a los que no pertenezco me es mucho más fácil
el análisis, pues me encuentro en un punto de vista relativamente exterior al
problema pero, en este caso del género, yo pertenezco a uno de ellos y estoy
muy mediatizado por mi origen, mi educación, mis roles sociales, en general por
todos los aspectos relacionados con el hecho de ser hombre, con la situación de
pertenecer al género privilegiado.
Superando estos miedos y con la clara
intención de ser riguroso, ameno, divulgativo y neutral en lo posible, he
escrito cuatro artículos sobre los aspectos sociales del género y el sexo, y
las teorías que los explican.
En el segundo de la serie,
“Estratificación de género”, hablamos de la distribución desigual de
la riqueza, el poder y los privilegios entre hombres y mujeres.
En el tercero, “La teoría feminista”, se ve
con detenimiento el origen, la historia y las principales tipos de feminismo.
Por último en el cuarto, “Teorías
sociológicas sobre el género”, se aborda el estudio de las aportaciones sobre
sociología del género de las principales escuelas como el funcionalismo, la
sociología del conflicto o el interaccionismo simbólico.
Muchas gracias querido lector, ahora empieza
tu misión, si es que la aceptas: leer. Eso sí, este post no se autodestruirá en diez segundos.
Es probable que San Jorge sea el santo más popular de todos los santos que en el mundo han sido. Lo veneran los católicos, los ortodoxos, los anglicanos e, incluso, los musulmanes – que, como buenos infieles, por no llamarlo santo, lo consideran uno de sus profetas.
Y no solo es venerado entre las religiones, sino que también es el santo más popular entre las naciones, regiones y ciudades. Georgia le debe el nombre, Inglaterra tiene su cruz en la bandera, es el patrón de Montenegro y de la Iglesia ortodoxa etíope. Está en el escudo de Moscú, de Génova, de Beirut, de Friburgo y de la israelí Lod. Ya en España, el antiguo reino de Aragón – incluyendo a Cataluña – lo tiene por santo patrón, así como Barcelona, Cáceres y Alcoy. Y me dejo sitios del mundo porque la lista es interminable.
¿Qué es lo que ha hecho de San Jorge un santo tan popular si, como santo, fue más bien discreto? Pues, a mi buen entender, una leyenda medieval de mucho predicamento. No hay mejor mercadotecnia gótica que las historias de caballeros y princesas.
Un dragón pendenciero se acercó a las tierras de Silca, en la Capadocia, o de la libanesa Beirut, o de la libia Selene – que los tres lugares andan discutiendo sobre dónde ocurrieron los hechos – y ocupó la única fuente que daba agua a la población, sabedor el protorreptil de que podría hacer chantaje negando las aguas a las buenas gentes.
Así que la población local empezó por darle dos ovejas diarias, que el dragón consumía con avidez y malas formas. Al parecer, daba mucho asco verle consumir a sus víctimas ovinas.
A tal ritmo, pronto se quedaron sin ovejas, ni vacas, ni nada que pudiera satisfacer la gula del mitológico animal, y no tuvieron más remedio que empezar a alimentarlo con su propia sangre. Al rey, que era un monarca constitucional, se le ocurrió la idea de que lo más democrático era organizar un sorteo; así que, de esta manera procedieron, y cada día era sacrificado un habitante para que los demás siguieran viviendo, al menos, un día más. Uno piensa que, como alternativa, podrían haber contratado un zahorí para que les hiciera un pozo, pero se conoce que el miedo agónico a la bicha les bloqueó el buen juicio.
Todo iba, más mal que bien, como podemos suponer, cuando en el sorteo le tocó el boleto a la preciosa y rubicunda (siempre son rubias) hija del rey. El buen monarca vio flaquear sus ideales democráticos y quiso escaquear a su princesa de tan funesto destino. Es lo malo que tiene acostumbrar a los pueblos a ser soberanos: no colaron las maniobras dilatorias del jefe del Estado, y la princesa fue llevada ante la bestia.
Pero, quiso Dios que el gran Jorge anduviera por aquellos arrabales haciendo sus cosas de caballero, paseando lanza en ristre con su caballo Bayard, cuando vio un tumulto cercano a la fuente que, por ser de las pocas de la región, estaba en todas las guías turísticas.
San Jorge se dirigió a la fuente donde vivía el dragón – hay que aclarar que la fuente manaba constantemente y tenía una laguna en la que se chapuzaba la criatura infernal –. Cuando la bestia emergió, el santo se encomendó a Dios y cargó contra ella con su lanza.
La piel del dragón era dura; la lanza de San Jorge se rompió al impactar contra las escamas, pero el santo no se rindió. Usó su espada para continuar la lucha. A base de mandobles, desgarró las draconianas carnes y logró decapitarlo, salvando a la princesa y al pueblo. Una vez que el dragón fue vencido, San Jorge pidió a los habitantes – como única recompensa - que se convirtieran al cristianismo.
Bien, esta es la leyenda ¿pero que sabemos realmente de San Jorge?
Más allá de la famosa leyenda del dragón, la figura de San Jorge tiene raíces históricas que nos permiten conocer al hombre detrás del mito. Jorge, cuyo nombre completo era Giorgios de Capadocia, nació en el seno de una familia cristiana en el siglo III. Su madre, Policronia, originaria de Lydda (actual Lod, en Israel), regresó a su ciudad natal junto a su hijo tras la muerte de su esposo. Fue en Lydda donde Policronia crio a Jorge y lo educó en la fe cristiana, inculcándole los valores que marcarían su vida.
Al llegar a la mayoría de edad, Jorge decidió seguir la carrera militar y se alistó en el ejército romano. Gracias a su carisma, habilidades y dedicación, ascendió rápidamente en la jerarquía castrense. Antes de cumplir los 30 años, ya había alcanzado el rango de tribuno y comes, lo que le valió un puesto de prestigio como guardia personal del emperador Diocleciano en Nicomedia (actual İzmit, Turquía).
Su jefe tenía su propia opinión de los cristianos. Eso que no aceptaran el culto al emperador y que insistieran en que su fe era la única verdadera y que, para más inri, solo tenía un Dios, le llevaban los demonios. Por eso empezó a perseguirlos con mucha aplicación y minuciosidad, de manera que, inició una de las campañas más duras de la historia en contra de los seguidores de Jesús: la gran persecución de Diocleciano. Jorge, que recibió órdenes de participar, confesó que él también era cristiano y Diocleciano ordenó que lo torturaran para que apostatase, aunque sin éxito. Por ello se ordenó su ejecución y fue decapitado frente a las murallas de Nicomedia el 23 de abril de 303.
Como puede observar el lector interesado, fue una muerte sencilla y poco milagrera para lo que suelen ser los santos de la Iglesia. Y la Iglesia que, como ha quedado acreditado en estas historias de santos, es una institución seria, consideró válida la inclusión de Jorge en el catálogo de los santos allá por el siglo V, agrupándolo entre aquellos cuyos nombres son justamente reverenciados, pero cuyos actos sólo son conocidos por Dios.
Pero una vez elevado a los altares, empezaron a surgir historias – que muchos no dudan en calificar como apócrifas – de hazañas y milagros que llenan el Acta Santorum. Convirtiéndole en santo milagrero post mortem.
La filosofía no sirve para nada, f(n)
Un podcast sin pretensiones como no podía ser de otra manera pues lo hacemos personas que no pretendemos nada… No hacemos apostolados a domicilio.
Info de episodios https://filosofias.es/wiki/doku.php/podcast/episodios
Es probable que San Jorge sea el santo más popular de todos los santos que en el mundo han sido. Lo veneran los católicos, los ortodoxos, los anglicanos e, incluso, los musulmanes – que, como buenos infieles, por no llamarlo santo, lo consideran uno de sus profetas.
Y no solo es venerado entre las religiones, sino que también es el santo más popular entre las naciones, regiones y ciudades. Georgia le debe el nombre, Inglaterra tiene su cruz en la bandera, es el patrón de Montenegro y de la Iglesia ortodoxa etíope. Está en el escudo de Moscú, de Génova, de Beirut, de Friburgo y de la israelí Lod. Ya en España, el antiguo reino de Aragón – incluyendo a Cataluña – lo tiene por santo patrón, así como Barcelona, Cáceres y Alcoy. Y me dejo sitios del mundo porque la lista es interminable.
¿Qué es lo que ha hecho de San Jorge un santo tan popular si, como santo, fue más bien discreto? Pues, a mi buen entender, una leyenda medieval de mucho predicamento. No hay mejor mercadotecnia gótica que las historias de caballeros y princesas.
Un dragón pendenciero se acercó a las tierras de Silca, en la Capadocia, o de la libanesa Beirut, o de la libia Selene – que los tres lugares andan discutiendo sobre dónde ocurrieron los hechos – y ocupó la única fuente que daba agua a la población, sabedor el protorreptil de que podría hacer chantaje negando las aguas a las buenas gentes.
Así que la población local empezó por darle dos ovejas diarias, que el dragón consumía con avidez y malas formas. Al parecer, daba mucho asco verle consumir a sus víctimas ovinas.
A tal ritmo, pronto se quedaron sin ovejas, ni vacas, ni nada que pudiera satisfacer la gula del mitológico animal, y no tuvieron más remedio que empezar a alimentarlo con su propia sangre. Al rey, que era un monarca constitucional, se le ocurrió la idea de que lo más democrático era organizar un sorteo; así que, de esta manera procedieron, y cada día era sacrificado un habitante para que los demás siguieran viviendo, al menos, un día más. Uno piensa que, como alternativa, podrían haber contratado un zahorí para que les hiciera un pozo, pero se conoce que el miedo agónico a la bicha les bloqueó el buen juicio.
Todo iba, más mal que bien, como podemos suponer, cuando en el sorteo le tocó el boleto a la preciosa y rubicunda (siempre son rubias) hija del rey. El buen monarca vio flaquear sus ideales democráticos y quiso escaquear a su princesa de tan funesto destino. Es lo malo que tiene acostumbrar a los pueblos a ser soberanos: no colaron las maniobras dilatorias del jefe del Estado, y la princesa fue llevada ante la bestia.
Pero, quiso Dios que el gran Jorge anduviera por aquellos arrabales haciendo sus cosas de caballero, paseando lanza en ristre con su caballo Bayard, cuando vio un tumulto cercano a la fuente que, por ser de las pocas de la región, estaba en todas las guías turísticas.
San Jorge se dirigió a la fuente donde vivía el dragón – hay que aclarar que la fuente manaba constantemente y tenía una laguna en la que se chapuzaba la criatura infernal –. Cuando la bestia emergió, el santo se encomendó a Dios y cargó contra ella con su lanza.
La piel del dragón era dura; la lanza de San Jorge se rompió al impactar contra las escamas, pero el santo no se rindió. Usó su espada para continuar la lucha. A base de mandobles, desgarró las draconianas carnes y logró decapitarlo, salvando a la princesa y al pueblo. Una vez que el dragón fue vencido, San Jorge pidió a los habitantes – como única recompensa - que se convirtieran al cristianismo.
Bien, esta es la leyenda ¿pero que sabemos realmente de San Jorge?
Más allá de la famosa leyenda del dragón, la figura de San Jorge tiene raíces históricas que nos permiten conocer al hombre detrás del mito. Jorge, cuyo nombre completo era Giorgios de Capadocia, nació en el seno de una familia cristiana en el siglo III. Su madre, Policronia, originaria de Lydda (actual Lod, en Israel), regresó a su ciudad natal junto a su hijo tras la muerte de su esposo. Fue en Lydda donde Policronia crio a Jorge y lo educó en la fe cristiana, inculcándole los valores que marcarían su vida.
Al llegar a la mayoría de edad, Jorge decidió seguir la carrera militar y se alistó en el ejército romano. Gracias a su carisma, habilidades y dedicación, ascendió rápidamente en la jerarquía castrense. Antes de cumplir los 30 años, ya había alcanzado el rango de tribuno y comes, lo que le valió un puesto de prestigio como guardia personal del emperador Diocleciano en Nicomedia (actual İzmit, Turquía).
Su jefe tenía su propia opinión de los cristianos. Eso que no aceptaran el culto al emperador y que insistieran en que su fe era la única verdadera y que, para más inri, solo tenía un Dios, le llevaban los demonios. Por eso empezó a perseguirlos con mucha aplicación y minuciosidad, de manera que, inició una de las campañas más duras de la historia en contra de los seguidores de Jesús: la gran persecución de Diocleciano. Jorge, que recibió órdenes de participar, confesó que él también era cristiano y Diocleciano ordenó que lo torturaran para que apostatase, aunque sin éxito. Por ello se ordenó su ejecución y fue decapitado frente a las murallas de Nicomedia el 23 de abril de 303.
Como puede observar el lector interesado, fue una muerte sencilla y poco milagrera para lo que suelen ser los santos de la Iglesia. Y la Iglesia que, como ha quedado acreditado en estas historias de santos, es una institución seria, consideró válida la inclusión de Jorge en el catálogo de los santos allá por el siglo V, agrupándolo entre aquellos cuyos nombres son justamente reverenciados, pero cuyos actos sólo son conocidos por Dios.
Pero una vez elevado a los altares, empezaron a surgir historias – que muchos no dudan en calificar como apócrifas – de hazañas y milagros que llenan el Acta Santorum. Convirtiéndole en santo milagrero post mortem.