San José de Cupertino o la Fuerza Aérea de la Iglesia

Hay santos milagreros cuyos milagros tienen un claro fin práctico y otros santos que buscan con sus milagros una vía para asombrar a propios y extraños y demostrar a los paganos e infieles cuál es la religión verdadera. Yo los llamo los santos propagandistas y el bueno de José de Cupertino era uno de ellos.
Porque si hubieras conocido a José en sus primeros años no habrías dado ni un ochavo por él. Pertenecía a una familia más pobre que rica, además, era lo que hoy calificaríamos como un auténtico “nini” (ni estudiaba ni trabajaba). Pero tenía una inmensa devoción, lo que le salvaba de un destino precario y cruel, y la familia y el clero cercano a la familia, intentaba hacerlo cura como fuera, pero claro, para eso hay que estudiar.
Primero lo intentó con los franciscanos que eran para él los mejores, le dijeron que no valía; consiguió entrar en los agustinos, pero lo echaron por inepto. Gracias a la ayuda de un monje santo, Juan Donato Caputo, ingresó como terciario – es decir un seglar que vive como un monje - y mandadero – es decir recadero - en un convento de los padres franciscanos. Con su humildad y su buen carácter, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estima y el aprecio de los religiosos, y en 1625, por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano.
Lo pusieron a estudiar para prepararse al sacerdocio, pero en los exámenes no era capaz de responder. Llegaron los exámenes y Fray José la única frase del evangelio que era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús”. Al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: «Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, será la que tenga que explicar». Y salió precisamente esa.
En el examen definitivo, tras haber examinado el obispo a los primeros diez, quienes respondieron maravillosamente bien todas las preguntas, suspendió el examen diciendo: “¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?” y de esta manera aprobó los exámenes José de Cupertino.
Todas estas circunstancias fueron interpretadas como providenciales, pero yo que me he presentado a muchas oposiciones, sin querer ser un cínico, diría que tuvo algún enchufe, si se me permite la expresión.
En 1628 fue ordenado sacerdote y ejerció durante 10 años en Copertino (de ahí su nombre) atrayendo pronto a multitudes de peregrinos.
Lo que hacía especial a José era que entraba en éxtasis místicos y ya le podían pinchar con una aguja, quemarle, mentarle a la madre que lo parió o cualquier otra perrería que a las buenas gentes se le ocurriera que permanecía en estado cataléptico hasta que Dios o su voluntad le hacían recobrar el sentido.
Pero no era eso lo más espectacular. José levitaba. Pero no levitaba quedándose en el sitio como, sin ir más lejos, Santa Teresa de Ávila, sino que se pegaba auténticos vuelos desafiando a la ley de la gravedad. Una vez, cuentan los cronistas, entró en éxtasis desde el coro y empezó a dar vueltas por la nave de la iglesia como si se tratara del botafumeiro autónomo o un dron litúrgico para asombro del personal. Hay registrados más de sesenta casos de vuelo sin motor durante la vida del santo.
Muchos enemigos empezaron a decir que se trataba de meros inventos y lo acusaron de timador, prestidigitador y embaucador. Fue enviado al superior general de los franciscanos en Roma y luego frente al papa Urbano VIII el cual deseaba saber si era cierto o no lo que le contaban de los éxtasis y de las levitaciones. Y, durante la entrevista con su santidad, José de Cupertino entró de nuevo en éxtasis y levitó, con lo que calló bocas a diestro y siniestro.
El príncipe protestante Juan Federico, duque de Brunswick-Luneburgo, señor de Leibniz, también vio las levitaciones y quedó tan impresionado por el fenómeno que se convirtió al catolicismo y mandó que su capilla fuera nuevamente consagrada al modo católico y servida por frailes cartujos que estaban mudos de asombro.
La Iglesia, que siempre ha tenido un sentido común muy práctico, decidió nombrarle patrón de los viajeros en avión, de los aviadores, por su faceta levitante y de las personas con discapacidad intelectual y los estudiantes en exámenes, por su ineptitud ante los estudios que los agustinos supieron ver con mucha anticipación al principio de su carrera.
Este relato pertenece a la serie de Martirologios y Milagros